miércoles, 1 de febrero de 2012

Una noche a Catriló


La 6628, en Darragueira.

Los primeros días de diciembre pasado me encontraron en General Pico. Iba hacia Catriló e hice noche en esa enorme ciudad, de generosas calles y frondosos árboles en todas partes. Había llegado a la medianoche y Nicolás, un amigo de un amigo, me esperaba en la terminal de micros. Nos fuimos a tomar un café y a charlar de nuestra pasión en común: el ferrocarril. Pico es, a pesar de no tener trenes de pasajeros, uno de los nudos ferroviarios de  la pampa: desde allí se pueden tomar las vías hacia Catriló, Huinca Renancó, Telén (sin tráfico, según me comentaron, no pude confirmarlo) y Olascoaga. Después de una larga charla, me fui al hotel al descansar.

A la mañana siguiente nos volvimos a encontrar y fuimos a conocer la estación, muy bien conservada por suerte por un grupo de entusiastas. Algunas fotos después, recordé que esa noche debería partir hacia el que era mi destino principal. Lo primero que hice fue averiguar en la terminal los micros hacia allá. 20.30 era el último. Buen horario para disfrutar un poco más la ciudad. Camino a buscar un lugar para comer algo, me pregunté: si llegara a pasar un tren de cargas para el lado de Catriló, ¿me llevará? Llamé enseguida a Nicolás y se ofreció acompañarme hasta la base operativa de Ferroexpreso Pampeano (Fepsa) para averiguar qué posibilidades había. “Puede que si. Conozco a algunos que trabajan en la base. Capaz tenés suerte”, me dijo.

En la base, el jefe de turno y su auxiliar mateaban mientras conversaban con el conductor de un tren, que informaba de un problema en una locomotora. Nicolás saludó al jefe muy afectuosamente y nos presentó. Le comentó de mi ocurrencia y enseguida contestó: “Hay un tren que pasa después de las 18. Dejame tu celu, te llamo cuando ande cerca y te subís”.  Cerca de las 21 recibí su llamado: “En media hora está en la estación. El tren no va a parar, pero baja la velocidad para que te subas”.

Con todo el bolso bien armado desde hacia rato, dejé el hotel y caminé las 4 cuadras que me separaban de la estación. Nicolás llegó unos minutos detrás mio. Faltaba poco para que fueran las 21.30, cuando de la curva de la vía que va hacia el oeste emergió una luz potente, acompañada de insistentes bocinazos para advertir su paso. En poco tiempo, el tren llegó a la estación y el conductor, advertido que yo iba a subir, me hizo seña para que le pase mi bolso. Lo agarró sin dificultad y corrí unos metros a la par de la locomotora hasta que conseguí treparme al estribo y subir. En la cabina me esperaban con mate.

Luego de charlar un poco sobre nuestras vidas, el conductor, que venía muy cómodo en la silla de su ayudante, quien iba conduciendo la formación, me cedió su lugar para que pudiera disfrutar del paisaje nocturno desde la ventana de la máquina. La “nena” en cuestión era la 6628, bautizada María Elena, que arrastraba sin problemas unos 35 vagones cargados de soja.

El cielo no podía estar más despejado. Una enorme luna blanca bañaba los campos y dejaba ver la inmensidad del paisaje que nos rodeaba. La luz de cabecera de María Elena guiaba el camino de hierro y su motor musicalizaba el momento: a veces más acelerado, otras más tranquilo, pero siempre con esos acordes inconfundibles que nos estremece el alma a más de uno.

La ronda de mates se cortó a eso de las 0.30, cuando nos faltaban pocos kilómetros para llegar a Catriló. Saludé a mis compañeros de viaje y me descolgué de la locomotora al andén. El conductor me pasó la mochila por la ventana, los saludé con la mano alzada y tocaron bocina un par de veces.
Crucé en medio de los vagones que estaban en la estación hasta una hostería donde pasé la noche. Eran los primeros días de diciembre. El fin de año no podía ser mejor.

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