lunes, 15 de febrero de 2010

Operativo "Volveremos, volveremos"

El operativo “Volveremos, volveremos” nació exactamente un día después de que volviera de Bariloche de viaje de egresados. Por el empecinamiento de regresar a ese lugar tan maravilloso, donde tan gratos momentos pasamos y tan a fuego marcó nuestra vaga existencia, fue que empecé a idear la mejor manera de volver. Y mis ganas de hacerlo se acrecentaron más aún, cuando descubrí un día antes de volverme, que un tren unía la ciudad de Viedma con San Carlos de Bariloche. Y como modo para darle algo más de vida, que no quedara como un simple viaje de turista, decidí bautizar al plan como “Volveremos, volveremos”, ya que ponerle “Operativo retorno”, hubiera marcado cierta afinidad ideológica con un movimiento político de centro izquierda derecha, cuyo líder indiscutido tiene un apellido que rima con Nerón, no así con Balbín.
Cuando me anoticié que iba a tener vacaciones en el trabajo, me dije que estaba en el momento justo para poder irme al sur. Y hacer el Tren Patagónico y porque no, el Bahía. Y empezó el armado. “¿Qué días te vas a tomar?”, me preguntó mi jefe. “Primera quincena de febrero”, contesté. Estaba decidido, y luego de dos semanas de averiguaciones y reservas, el itinerario de ida y vuelta quedó así:
Jueves 28: Colectivo (El mal) hasta Viedma. Hora de partida: 21.10. Arribo: 10.30.
Viernes 29: Tren desde Viedma a las 18, destino: Bariloche. Arribo: 13.30.
Domingo 30: Tren desde Bariloche a las 17. Arribo a Viedma: 10.30.
Lunes 31: Micro local desde Viedma a Bahía Blanca.
Martes 1: Tren desde Bahía Blanca a Buenos Aires. Partida: 19.40. Llegada: 10.40.

Luego de una apetitosa cena, digerida a medias por el mal trago de haber tenido que soportar el film “Marley y yo”, me dormí en el “mal”. Desperté cerca de Bahía Blanca, donde hacia una escala de 20 minutos. 10.25 llegue finalmente a Viedma. Como faltaban ocho horas para que partiera el Patagónico, decidí recorrer los alrededores, mochilas a cuesta mediante. Primero visité la costa viedmense del Río Negro, desde la cual se apreciaba en frente la elevada Carmen de Patagones. Bellísimo. Mapa en mano, me pregunté cuan lejos de la costa de Patagones estaría la estación de Ferrocarril. 13 cuadras. No es mucho. Tomé una lancha y crucé. Antes de emprender la cuesta arriba a la estación, visité un museo regional. Después de media hora con el sol en la nuca, llegue a la parada ferroviaria, que se encontraba muy abandonada lamentablemente. En el frente de la estación, se exhibe orgullosa una de las primeras locomotoras que llegaron a Patagones: la 3096 “La Maragata”, si mal no me informaron. Emprendí la vuelta para almorzar a la vera del río. Hice provechito. Lancha nuevamente a Viedma, seguido de un taxi hasta la estación del Patagónico. Faltaban aún más de tres horas para su partida, pero pensé que llegar temprano sería bueno, así podía tomar fotos al entorno tranquilo. Veinti tantas fotos después, me eché una siesta en uno de los bancos de la estación. Cundo desperté, faltaba más de una hora y media para la partida.
Ya desde mi llegada a la estación, en el horizonte se divisaba una tormenta de tierra, que jamás creí llegaría a nosotros. A las 17, ya sentado en el coche 501, saqué la cabeza por la ventana y contemplé como esa polvareda ganaba la punta del anden y se dirigía furiosa hacía nosotros. Es uno de los peores castigos: uno siente que lo entierran vivo, porque respira el olor a tierra seca, que también se mete en la boca y uno no puede más que tragar saliva con gusto a tierra, acompañado por un dolor de cabeza mezclado con mareo. Este fenómeno jodió nuestras existencias más de dos horas y media y retrasó la partida del tren treinta minutos.
Una vez que la tierra bajó de los cielos, pude apreciar mejor el paisaje que nos rodeaba en esta parte del viaje. La primera parada importante sería en San Antonio Oeste, donde arribamos a las 21. Allí se produjo un importante ascenso y descenso de pasajeros. A esta estación, se ingresa haciendo una gran curva, que deja a la locomotora y al pasaje mirando hacia Viedma, es decir, dándole la espalda a Bariloche. Allí se realizan algunas maniobras y se cambia de punta la locomotora. La 9086, que arrastraba la formación, tuvo que ver el viaje como auxiliar, ya que originalmente, ese lugar iba a ser para la 9073. Pero como no pudieron poner a la 9086 con la trompa corta mirando a Bariloche, porque la mesa giratoria se trababa en un punto, dejaron que la 73 guiara el camino. Me dormí.
El amanecer me encontró en Ingeniero Jacobacci, lugar desde donde suele partir el histórico tren “La trochita”, hasta El Maitén.
Los que lo hayan sentido me entenderán: cuando bajé del tren a sacar algunas instantáneas, sentí el frío patagónico luego de dos años. Descubrí que los sentidos despiertan más fácilmente la memoria, ya que al instante de percibir esos grados bajo cero, un sin fin de recuerdos de aquellos 10 días de septiembre de 2007 inundaron mi mente. “Estoy cerca”, me dije. Bocinazo y a los rieles de nuevo.
Es muy llamativo el paisaje sureño. Posee una belleza brutal. Dan ganas de bajarse y quedarse a vivir allí, en medio de la mismísima nada, sin radios, sin celus, sin cámaras, sin recuerdos. La inmensidad de la creación patagónica y uno. Nada más creo que haría falta. Y una colcha por si hace mucho frío, claro. Pero lo curioso es que a pesar de la hostilidad del lugar, no generaba rechazo el apreciarlo.
En Pilcaniyeu escuché que una señora comentó que era la última parada antes de Bariloche. Cacé la cámara de fotos y le tomé una al tren desde la punta. Y, con cara de curiosidad me acerque hasta el conductor de la máquina. “¿Qué posibilidades habrá de que los acompañe en la locomotora hasta Bariloche?”, le pregunté, intuyendo la respuesta. “Y no, mira, va llena con los técnicos y demás”, me dijo. Ya me volvía a mi asiento y probé chance en la locomotora auxiliar. “Mira, de acá no vas a ver nada, pero si querés venirte. Pero mira que ya arrancamos”, me dijo el maquinista. Le contesté que estaba a dos coches de la locomotora (cuando en realidad estaba como a seis) y que en seguida llegaba. En el aire junté mis cosas y llegue justo antes de que la bocina anunciara la partida.
Un punto de sumo interés para los ferroaficionados es la “Curva del huevo”. El tren que viene de las montañas, de repente emprende la bajada en una curva de más de 1000 metros. La sensación arriba de la locomotora es única: se siente como toda esa mole de miles de toneladas se abalanza sobre las vías con toda fuerza, como si supiera que luego de tantos esfuerzos en las subidas y las bajadas de entre las montañas, llega el tan esperado alivio y, así como busca la sed el agua para desaparecer, el tren se lanza al encuentro de la estación terminal. Las vías chirriaban inútilmente furiosas a medida que avanzábamos. Toda esa vorágine de energía, fuerza y ansiedad llegó a su fin luego de cruzar el rio Nihiriuau puente. Impagable.
Miro por la ventana de la 9086, que me regalaba un espectáculo que ya creía haber visto: el Nahuel Huapi asomó a escena, iluminado por unos pocos rayos de sol que se filtraban por entre la muchedumbre de nubes. Minutos después, la formación frenaba lentamente en el destino final. Apretón de manos a la “yunta”, taxi y al hostel.
Luego de una ducha, que vino a tapar las cañerías con el kilo y medio de tierra que se escondió principalmente en mi cabeza, en la administración del hospedaje me recomendaron conocer Colonia Suiza. Luego de un desquiciado viaje en micro, y digo desquiciado por el infeliz del colectivero, que ya debe estar acostumbrado a doblar a 80 en curvas cerradas que dan en precipicios que no bajan de los 400 metros, no así los pasajeros, llegué a la Colonia. Si uno busca en Google “lugar sumamente envidiable para vivir”, seguramente este sería uno de los que encabezaría la lista de resultados. Rodeados de árboles, montañas, manantiales naturales y del imponente lago Moreno, se asentaron a principios de siglo los nórdicos inmigrantes. Luego de un corto paseo y un sorbo del agua cristalina del Moreno, emprendí camino a la Bahía López y al arroyo homónimo.
Según dicen, si uno bebe agua de ese cauce, se asegura volver a Bariloche. No recuerdo que deseo abre pedido en el 2007, ni mucho menos si se cumplió o no. Lo cierto es que había vuelto y debía pagar tributo, visitándolo y tomando agua de nuevo. Y lo hice.
Cerca de las 18 llegue a la Bahía y luego de unos verde, emprendí el camino al Llao-Llao, a 11 km. Con 7 km caminados bajo la suela desde la colonia la Bahía, me di cuenta de que mis zapatillas se habían descocido de un lado. No supuse que al llegar a los 16 km caminados, se abrirían de lado a lado. Decidí en el km 17 y pico no caminar más, habida cuenta de los tropezones que venia dando. Y como la parada del colectivo estaba lejos, me puse a hacer dedo. Una docena de autos después, un Gol blanco se detuvo. Eran dos instructores de esquí, que me alcanzaron hasta el km 17 de la Avenida Bustillo. Llegué al hostel cerca de las 21 y a las 23 ya estaba durmiendo.
La vuelta no la disfrute mucho, debido a que mi ventana no abría, por lo que se me dificultó el tema de apreciar el paisaje. Pero si pude ver, ya no con tanta melancolía, como Bariloche se desdibujaba en el horizonte una vez más.
Unos 45 minutos luego de haber pasado Ing. Jacobacci, nos detuvimos en medio de la noche rionegrina. La poca luna que había alumbraba el desierto sureño y daba una vaga idea de su inmensa soledad. Resultó que la 9086, sencillamente, se apagó. Como pudo, la 9073 arrastro el tren, que acusaba 13 coches y una bandeja de autos.
Debíamos llegar a San Antonio Oeste a las seis de la mañana para partir a las siete. Arribamos recién a las nueve, con ambas máquinas prendidas, milagrosamente. Nuevamente las maniobras para invertir la marcha. La 9086 haría sola la última parte del camino. 50 metros alcanzó el tren a moverse, antes de que la locomotora dijera basta. Fue reemplazada por una Alco innumerada, que completó el trayecto.
Finalmente, llegué a Viedma, de allí me fui hasta Bahía Blanca, donde a la mañana siguiente resolví irme a leer un libro a la estación a la espera de las 19.40, hora en que partía el Bahía Lamadrid. El sol fue complaciente y nos dejó disfrutar de un atardecer multicolor, que luego se transformó en la más estrellada de las noches. Mientras recordaba algunas cosas del viaje y reacomodaba un poco las ideas, me dormí, hasta que la lluvia me despertó cerca de Monte.
Era llamativa la poca velocidad a la que circulábamos. No creía que fuera producto de la lluvia, pero era eso o que la locomotora estaba rota. Y fue así: la 9068 se desvió en la estación La Noria, donde la 9048 de Ferrosur nos “levantó”. Y con una hora y chauchas de atraso, el andén 14 de Plaza Constitución nos decía que el viaje había terminado.
No puedo evitar pensar cuando voy a volver. Esta vez me voy a ir a un refugio de montaña. Ya lo decidí. ¿Cuándo? Es lo que menos importa. Me di cuenta que para estas travesías ganas me sobran. Y me avala, según consulté, el libro de la no fallecida astróloga Ludovica Squirru, donde dice que Sagitario es un signo que gusta de la aventura, la vida al aire libre, los desafíos, la caza de piezas mayores, el cocinado de tortas, y lo rige su carácter proclive a la histeria colectiva, decisión, y la firme convicción de que no hay metas imposibles si alguien se propone alcanzarlas.
Pero por sobre todo, tengo el tren. Así que dejo que la vida y la vía me lleven de nuevo.



La 3096 "La Maragata" en la puerta de la estacion Patagones
GT 22 9086 en Viedma

Estación abandonada en las afueras de Viedma

La GT 22 9041, fuera de combate en San Antonio Oeste

Una de las tantas curvas que hace el tren en su recorrido

Entrando a Comayo

A una hora y media de Bariloche

La vida desde arriba de una GT se ve distinto. Llegando a Bariloche
El dia de la vuelta, la 9073 se aprontaba, rodeada de montañas
En unos días, algunas más!


1 comentario:

  1. Hey Marian, este verano fue de Bari, tambien estuvimos alli. Muy bueno lo tuyo.
    Un abrazo
    FABIAN

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