martes, 20 de octubre de 2009

Solidario a Trenque Lauquen: crónica más fotos.

Luego de varios arreglos y contratiempos, les dejo una cronica del viaje a Trenque Lauquen y la primera parte de las fotos del viaje.


Los fantasmas del “Tatán tatán ¡pum!”

Son las 19.30 de la tarde del viernes 11 de septiembre, en la estación de trenes Once. Estoy parado en la mitad de la estación, espero a Gonzalo, un amigo de mi familia, y la mamá. A mis pies , el suelo tiembla. Debajo pasa la linea A de subtes y termina la H. La gente, va y viene a las corridas, temerosa de perder su tren. Odiado o amado, según el estado del servicio.
Un grupo de personas está concentrada en las puertas del anden 10. Tienen cajas y bolsos. Evidentemente se van de viaje. ¿Se irán a Bragado? Un poco imposible, porque el tren a esa localidad se despacho a horario a las 18.35. ¿Esperan el de mañana? Improbable.
Estos pasajeros esperan el 23 “Tren Solidario” a Trenque Lauquen. Este proyecto desde el año 2001 lleva a pueblos donde ya no pasa el tren, alimentos no perecederos y un claro mensaje: queremos que vuelva el tren. El primero de estos trenes se corrió en plena crisis de aquel turbulento año. “Golpeamos las puertas de las empresas ferroviarias, contándoles la idea del solidario. Nos dijeron que si, medio entre dientes, confiados en que ese iba a ser el único, ya que creían que nadie nos iba a dar bola”. Así recuerda Walter Rojas, uno de los organizadores de esta iniciativa, como comenzó todo. Dice 23 y parece no creérselo. 23 viajes, 23 aventuras, miles de historias y un par de servicios que se restablecieron a causa del “soli”: Junín y Pehuajó, según cuenta.
Conocí este tren a afines del año pasado, gracias a Adolfo, un ferroviario retirado. El verdadero “ferruca” no se jubila. Y él no lo hizo, al menos en el sentimiento. La burocracia no entiende de pasiones. Mi primer viaje fue en diciembre a Mendoza. Me acompañaba mi abuela. Llevamos los 16 kilos de alimentos que nos correspondían para donar, más las valijas y a “María Elena”, mi mochila roja, compañera de viajes y estudio. Pero iba también con un par de prejuicios. Era nuevo en el tren y tenía miedo que nos miraran como sapos de otro pozo, que no nos aceptaran. Si bien todos estábamos allí por un gusto en común, me corría una rara sensación por la espalda. El viaje me demostró lo contrario. Era un tren de gente dispuesta a recibir con los brazo abiertos a quien quiera subirse con ellos a esta pasión, a esta causa. A este sueño.
Son las 22. Walter empuña un mini megáfono, con el que les dice a las 240 personas que iban a viajar, que ya se empezaría a subir al tren. Y que lo harían de acuerdo al número de boleto. Mi abuela tenía el cinco y yo el seis. Ya acomodados en orden, vimos como una luz ganaba la punta del anden, hasta quedar estacionada y dibujada la formación que nos trasladaría. Walter empieza pasar lista y nos invita a subir a los camellos. Viajábamos hacia el oeste de la provincia, pero no íbamos a llegar a destino a lomo de esos animales tan característicos del desierto. Los camellos son unos coches motores Fiat, que fueron traídos de España hace unos 3 años, junto material ferroviario de Portugal. Esta tripla, usualmente, está asignada a servicios diferenciales dentro de la linea, pero hoy viajaría más kilómetros por la ascendente. ¿Porqué se llaman camellos? Por 2 jorobas que tiene arriba de cada coche, que son los climatizadores de ambiente.
Nos sentamos en el interior del coche motor 505, muy cómodo por cierto. En total eran 3 coches, 2 de los cuales eran motores y uno en el centro, remolcado. Cada uno estaba dividido en dos compartimientos, con lugar para unas 40 personas. En medio de cada uno de estos espacios, estaban los estribos. Teníamos 2 coches motores, el 505 y el 506, que apuntaban uno para el oeste y uno para el este. El primero comandaría el viaje de ida y el otro, lo haría a la vuelta.
Despedimos en la plataforma a los que se quedaban, que habían ido a desearnos buen viaje. 5 minutos antes de las 23, el director del proyecto Sergio Rojas, grita “Vamoooooos” y el camello dá un bocinazo. Me subo, pero me quedo en el estribo, estribeando. Practica indebida si las hay, pero quería agitar la bandera en señal de que el solidario se lanzaba a una nueva conquista. Estaban conmigo Gonzalo y Ana, hija de la familia Bosco, vecinos de mi San Vicente. Confieso que el estribo te seduce a quedarte con él, a contemplar como se van las estaciones, las personas, los paisajes. Sabiendo que la puerta se cerraría sola, nos descuidamos y ella se abalanzó sobre nosotros, dejando mi mano con la bandera afuera, la cual pude entrar por entre medio de un pequeño espacio entre la puerta y el marco. Nos acercamos al compartimento para tomar asiento y dar paso a los que, durante los próximos kilómetros, sería las estrellas indiscutidas del viaje: los sándwiches de milanesa, de jamón y queso, las tartas, y demás comestibles, que emergieron de las bolsas a una velocidad directamente proporcional al hambre que teníamos.
Antes de entrar a la vía principal, corría a la par nuestro un tren de pasajeros. Desde allí, las personas nos miraban. Los saludábamos alegremente y ellos respondían apenas con un tibio saludo. Les hago seña para que miren la remera que tenia puesta con la leyenda “Ferrocarriles Argentinos”. Una chica sonríe y levanta el dedo pulgar en señal de aprobación. Nos detenemos, pero el local sigue su marcha. Esperamos nuestro turno de vía principal unos 5 minutos. Partimos.
Luego de 2 horas de viaje llegamos a Mercedes, donde el tren debía pedir AUV (Autorización de uso de vía) y cargar agua. Pasaba que uno de los motores del camello tenía una falla y necesitaba agua constantemente. Una falla puede no decir nada, pero para todos ahí era una patada en el estómago. Íbamos con un fin bueno, ilusionados y alegres de ir en tren. ¡Tan cómodos los asientos, te hacían olvidar de que estabas viajando en un tren de acá! Pero la falla en el motor nos recordaba: estamos en Argentina y estamos viajando en material de descarte europeo. En fin. Ya habíamos hecho parte de los 443, 795 kilómetros que nos separaban del destino final. Bocinazo del tren, que acarrea a todos al interior de los coches nuevamente.
Ya nos adentramos en los dominios de Ferroexpreso Pampeano, Fepsa, uno de los prestadores de servicios ferroviarios de carga, que opera por la zona . En toda travesía, se esperan las cruzadas con trenes de carga para ver qué chica ( así les decimos a las locomotoras) arrastra qué cantidad de vagones. Pero hubo pocas. Uno durante el viaje de ida, otro que nos perdimos la mayoría, por estar dormidos en Trenque Lauquen, y uno que nos esperaba a la vuelta. Se consiguieron pocas fotos.
Guillermo Bosco está sentado en frente mio y lee un libro. Viajó 18 solidarios. Su esposa a su lado intenta dormir. Ana , quien antes estaba conmigo en el estribo, es la hija y mi compañera de asiento. Quiere dormirse y apoya su cabeza contra la ventana. Bosco me mira y me dice que sentía mucho calor, lo que indicaba que los calefactores funcionan, cosa que era buena, porque la noche se ponía cada durmiente más fría.
Guillermo y Adolfo, por quien supe del “Soli”, se conocen hace poco. Se hicieron amigos en estos trenes. Pero parece que se conocieran de siempre. El primero fue ferro aficionado toda la vida. Cada nuevo tren que se lleva adelante, lo viven juntos como si fuera el primero. Como si fueran chicos, que abren con ojos expectantes un regalo de Navidad.
El reloj que marca impaciente las 2.30. La mayoría cerró los ojos. Hago lo mismo. Me despierto a las 6 en Carlos Casares, donde un tren de pasajeros vacíos espera con su locomotora que liberemos la vía, para ir en sentido descendente. Me asomo al estribo y vuelvo a subir al compartimento. Preferí creer que ya salíamos a que, en realidad, me volví a mi asiento espantado por el intenso frío del amanecer, que aun no mostraba su cara. Vuelvo a cerrar los ojos.
Cuando los abro, el sol brillaba adentro del coche. Me desperecé y preparé el mate que me reclamaba la abuela. Una charla matinal, de trenes obviamente, acompañaba las galletitas dulces. En esta oportunidad el tema principal fue el informe de Canal 13 sobre los ferrocarriles. En resumidas cuentas, se podría sintetizar todo que se dijo ahí en una frase: el informe fue un ataque obsceno, que tenía imágenes falsas y viejas, en las que no se ve el trabajo que se hizo y que se está haciendo para recuperar el despojo que sufrieron las lineas urbanas y el ferrocarril en sí.
Vemos de repente pasar una casa. Otra. Un par más. Estamos llegando a Pehuajó. Son las 7.
Algo me resultó curioso del plan de viaje: salíamos el día once a las once de la noche, de la estación Once e íbamos a tardar once horas.
Una vez que el camello se hidrató, seguimos viaje.
Me voy a el estribo. Con la puerta cerrada, se me pierde la vista en el horizonte. De un lado, veo plantaciones de vaya a saber que yuyo. Voy escuchando música. Un hitaso: el Tatán tatán. Lo acompaña una nueva versión: Tatán tatán ¡pum!. El primero, es el ruido que hace el tren al pasar por una unión de vías floja, por falta de mantenimiento. El segundo, es por pegar en esas uniones con todo el peso del camello, que venía sobrecargado por las donaciones. Tatán tatán es al tren lo que “Ladran, Sancho” al Quijote. Cambio de vista. De este otro lado, las señales inequívocas de una sequía que todavía se siente. Tatán tatán. Vacas muertas. Tatán tatán ¡pum!. Grandes extensiones de tierra que supieron ser lagunas por las inundaciones de hace unos años. Tatán tatán. Corren liebres enormes alejándose del tren, a las que imagino rodeadas de papas al horno. Tatán tatán ¡pum! Vuelvo a mi asiento. Tatán tatán. Tatán tatán ¡pum! Tatán tatán! Tatán tatán ¡pum!
Para nuestra sorpresa, nos dicen que vamos a parar en el pueblito de Beruti a dejar unas donaciones. Estábamos a una hora de nuestro destino cuando llegamos. Una pequeña estaciona nos esperaba, con un par de personas, que representaban a los comedores y escuelas que recibirían la mercadería. Una vez entregada, un aplauso final. Y el camello vuelve a llamar a sus pasajeros.
Un palo al costado de la vía sostenía un cartel que acusaba “433”. Faltaban 10 kilómetros para llegar, los cuales no podíamos hacer a una velocidad mayor a 40 km/h, debido al estado de las vías. Las charlas ahora estaban puestas en la expectativa por llegar. De alguna manera, esperábamos no repetir lo sucedido en Mendoza, donde sólo un centenar de personas se acercaron. ¿Porqué en una ciudad que había sido uno de los nudos ferroviarios más importantes del país, a quien el tren le fue arrebatado vilmente, nos esperó con tan poca gente? Sencillo: el intendente quiere hacer negocios inmobiliarios con la vieja estación . Quiere hacer desaparecer los talleres de América Latina Logística para construir edificios. Pero la emoción de quienes si esperaban el tren en los vestigios de la estación, bastó para darnos cuenta de que no hay metas imposibles, si hay gente decidida a alcanzarlas: un tren de pasajeros había vuelto a la ciudad cordillerana después de 14 años. Si bien el servicio no se restableció en este destino, un paso importante se dio.
Pero esta vez parecía ser diferente. El intendente se había puesto a la cabeza de la organización para la llegada del solidario.
Faltando solo unos dos km, ya habiendo descubierto hace rato que tenían una palanquita que las abría, abrimos las puertas, para estribear. Asomo la cabeza, con el pabellón nacional en mi mano. No diviso aún la estación, pero la imagino con mucha gente. Vienen unas ramas, corro la cabeza. La vuelvo a asomar y me encuentro con la estación. Había tan solo 50 personas. Y el intendente no había llegado.
¿De dónde son?, me pregunta una anciana, que me cuenta que vio partir el último tren, hace casi 10 años ya. Me dice que es lindo que hayamos ido, y se pierde entre la poca gente que había. Algunos de los pasajeros del “Soli” se van a sus hoteles. Me quedo para el acto y para ayudar a bajar los alimentos.
Llega el intendente. Himno nacional. Se le cede la palabra al director de la revista “Rieles”, que invita a pensar en la importancia del tren y de haber podido concretar 23 “Solidarios”. Aplausos. Habla el jefe comunal. Me contaron que fue reelecto, cosa que no podía comprender al escucharlo hablar: una sucesión de eses mal o no dichas, ideas que no terminaban de cerrar y una impresión: quería irse rápido. Poco nos importó. En definitiva fuimos por el tren, no por él. Luego, empezamos a descargar las donaciones, que ponen de alguna manera, un punto final a la primera parte del viaje.
Me fui al hotel, pero no abundare en detalles de la ciudad ni en anécdotas, como la que me pasó de perder mi punto de referencia en el pueblo y haber caminado erradamente por mas de 2 horas, en busca de la estación, que encontré ya entrada la noche. Pero creo que una imagen deja en claro el tipo de ciudad que es: los chicos dejan en las veredas de sus casas sus bicicletas y se van adentro a jugar.
Al día siguiente, partíamos de regreso con un sabor amargo: le robaron una riñonera a una de las pasajeras. El personal encargado de la formación, un flaco buena onda con buzo de Trenes de Buenos Aires, nos informó que en Pehuajó nos iba a esperar la policía, si es que no aparecía lo robado. Una Manuelita armada hasta los dientes, más parecida a una de las Tortugas Ninja, se me cruzó por la cabeza. Unos kilómetros antes de llegar, se supo que unos chicos de Trenque Lauquen subieron al tren y antes de la partida, se llevaron la riñonera, de la que se recuperaron un par de documentos.
Paramos en Carlos Casares, ya que hacia unos minutos se había despachado el tren a Once. Teníamos que esperar que se libere la vía. Emprendimos la marcha de nuevo y fui a la locomotora que estaba siendo inutilizada. Converse con un hombre de San José de la Esquina, en Santa Fe, miembro del staff. Me adelantó que tal vez, el próximo viaje sea a sus pagos.
Me senté en el lugar del conductor. Miraba como se alejaban las vías. Vi al sol ponerse. Nos escuché pasar por decenas de pasos a nivel. La oscuridad se fue adueñando del paisaje.
Después de Bragado, está Mechita, donde Ferrobaires, en teoría, repara locomotoras de su parque. Digo así, porque sabidas son las tretas que el gobierno provincial les permite a los directivos de dicha operadora. Tales son, que a Mechita y otros talleres de la empresa, a los que escuché apodados como “Los cementerios”, por la gran cantidad de material que se remite allí y jamás regresa. “Crotobaires”, “Ferrobardo” y “Ladribaires” son algunos de los apodos que, cariñosamente, tiene esta prestadora en el ambiente, sumado a “Kilombo 4”, playa de alistamiento entre Gerli y Avellaneda, cuyo nombre original es “Kilómetro 4”. Pero son los trenes que tenemos, y hay que defenderlos. A los trenes, bien dije.
Bragado, Mechita y Mecha. Ese es el orden en que íbamos a pasar esas estaciones. Una vez que dejamos atrás la diminutiva, nos internamos en un túnel de ramas, sacado de cualquier película de terror. De repente, aparece a uno de los lados Mecha. Rodeada de estos matorrales, estaba sin una luz, propio de una estación fantasma. Se me dibujó una persona que esperaba el tren y al ver que este no se detiene, lo corre hasta que finaliza el andén. Una imagen, donde quien aguarda el tren es la Argentina, que espera a oscuras una luz en el horizonte que le diga que esta vez va en serio, que los trenes volverán a unir al país. A veces, las luces que se ven en el horizonte es el de las grandes ciudades, una simple fantasía que jamás se concretará en una formación. Y cuando finalmente esa luz es real y el tren aparece, este sigue de largo, la oportunidad se va. El sistema ferroviario la ilusiona, pero la deja en el andén. Y en el medio nosotros. Los pasajeros del “Solidario”, que amamos al tren y queremos que vuelva a rodar como antes. Somos fantasmas. Sólo eso. Un grito ahogado que pocos escuchan.
Quisiéramos decir que llegamos en tren a un lugar donde hace mucho no llega, pero en un viaje inaugural. Ojalá no se tuvieran que hacer más “Solidarios”, y que queden como un hermoso recuerdo de la pelea de cientos de personas hicieron en nombre de la memoria y las injusticias. Pero sino, que sigan los “Solidarios”. Hasta ese entonces, tatán tatán ¡pum!





Ahora...que empiezen las fotos!




Parte de la troupé: la abu, Margarita y Gonzo y más atras, los Bosco.






Primera toma del "Camello".






Instantes antes de empezar a cenar. La sra. Bosco, Ana, Guillermo y yo.






Primer parada: Mercedes.






"Saludos a mi familia", comentó el muchacho del brazo en alto. Andén de Mercedes Sarmiento.





Llegada. De izq a derecha: Ezequiel ( no se como salió ahi), Adolfo, quiene sto escribe y la abu.






"Je je", se me escuchó decir. Cabina inutilizada a la vuelta del "Camello".







Dejamos atras 9 de Julio.





Fallida toma a una GR de FEPSA.






Bragado.







La última...por ahora.



Un abrazo!

3 comentarios:

  1. Hola Marian co te va? mandame tu dire que tengo una fotillo del soli a Mdza.
    Un abrazo
    FABIAN

    ResponderEliminar
  2. Jajaja mira ahi aparece mi vieja....Buena foto Mariano..

    Un Abrazo

    ResponderEliminar
  3. Muy lindo todo lo que publicaste , gracias a la tia lo vi.... estas en tu salsa!!!!!!!!! y ya que estoy , te deseo un muy feliz cumple!!!!!!!! te llego la emancipacion , espero que sepas utilizarla para bien, y acordate que el cordon umbilical no se corta..... muchos besosss .... el abu tito que te quiere mucho!!!!

    ResponderEliminar